Colocaron a la compañera en el asiento trasero, acostada.
Dulcinea se sentó junto al hombre en la otra fila de asientos, dándole la espalda al chofer. El hombre dio unos golpecitos al frente y dijo con calma:
—Vamos al hospital más cercano.
—Sí, señor Fernández.
El chofer asintió y arrancó el auto.
Dulcinea, todavía aturdida, se dio cuenta de lo que pasaba y, medio arrodillada en la alfombra, agarró la mano de su compañera en estado de shock, susurrándole que aguantara…
Luis se reclinó en el asi