Dulcinea de repente se volvió loca. Su emoción era desbordante.
En sus ojos ya no había rastro de la ingenuidad y timidez de antes, solo quedaba un profundo resentimiento:
—Luis, ¡ya no tengo nada! Mi hermano no puede mantenerse en Ciudad B, está prácticamente arruinado, y dices que te estoy castigando… Luis, ¡no te estoy castigando, estoy pagándote!
—¡Una vida por la de Leonardo! ¡Mi vida por la de él!
—¿Es suficiente? ¿Es suficiente?
—¿Por qué debo seguir viviendo?
—¿Por qué tengo que seguir v