El traslado fue rápido.
Leah apenas lograba que la inconsciencia no la atrapara mientras la llevaban al área más aislada del recinto. El dolor iba en aumento. Llegaba en oleadas violentas que le robaban el aire, que le partían el cuerpo desde dentro. Sus manos se aferraban a la tela empapada de sudor y sangre. Cada paso le parecía una eternidad.
—Respira —le decía Eira—. Míreme. No se suelte. Lo va a lograr.
Leah lo intentó.
Pero el miedo era más fuerte.
El espacio era pequeño, cerrado, protegi