Leah se abrazó a sí misma.
La celda era extrañamente cálida. No como el Oeste, no como las noches abiertas del bosque. El aire no mordía. En una esquina, justo frente a los barrotes, distinguió algo distinto al suelo desnudo. Se acercó despacio y extendió la mano.
El tacto la sorprendió.
Era piel. Acolchada. Suave.
No sabía de dónde había salido ni quién la había dejado ahí. No preguntó. La arrastró hasta ella y se cubrió los hombros con cuidado, como si aquel pedazo de abrigo fuera un lujo pr