28 Desquiciarlo

Noah no se movió. El olor de esa criatura insolente le nublaba el buen juicio. No cedió ni un poco.

La miró con la misma dureza, como si esperara que el peso de su mirada la obligara a ceder.

—No me pongas a prueba —dijo, con la voz baja, peligrosa—. Tráeme una visión. Ahora. Esto no es un juego.

Leah cerró los ojos.

No por obediencia. Por cansancio. Aunque de verdad se esforzó por traer algo. Nada.

El silencio se estiró unos segundos. Luego los abrió otra vez y lo miró de frente, sin miedo ya
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