La mañana de ese día abrió los ojos antes de que el sol terminara de elevarse. Su cansancio era extremo, pero si quería avanzar un buen tramo de camino debía irse cuanto antes. La mayoría dormía. El aire era frío, un poco menos que en el Oeste. Leah se incorporó despacio, con cuidado de no forzar la rodilla lastimada ni el vientre sensible.
En una pequeña bolsa de cuero guardó lo poco que llevaba consigo. Un trozo de pan duro. Un pedazo de tela limpia. El frasco de vidrio casi vacío. Las joyas,