La mano que la sujetaba no se soltó.
Leah giró el rostro con brusquedad y entonces los vio. No era uno solo. Eran tres… luego cuatro. Salieron de entre los árboles como sombras malformadas. Sonrisas torcidas y colmillos afilados, miradas demasiado atentas. Olían a sudor, a alcohol viejo.
—Vaya que hoy estamos de suerte —dijo uno, que arrastraba las palabras—. ¿Desde cuándo caminan humanas tan flaquitas y hermosas por estos rumbos?
Otro ladeó la cabeza y la recorrió sin pudor.
—Humana no es