Mientras esperaba, el frío le caló la espalda hasta hacerla doler. La herida de su rodilla punzaba con cada movimiento, y Leah no hacía otra cosa que aferrarse al trapo viejo que cubría su cabeza, una tela que alguna vez fue blanca.
Escuchó pasos ligeros acercarse.
Alzó la mirada y vio a tres lobas detenidas frente a ella. No la observaron con desdén ni con curiosidad excesiva. Solo con atención.
—Tú debes ser la sirvienta que necesita huir —dijo una de ellas. No era joven ni anciana. Llevaba