Noah se acercó a ella. Tan semejante a un perro que agacha la cabeza delante de su amo. Sus rodillas tocaron el suelo. Su garganta se cerró por el cúmulo de sentimientos.
—Me voy a morir. No aguanto más —sollozó Leah, y se aferró a la mano de su amado—. Nunca había sentido algo así.
El cuerpo de Leah se arqueaba de dolor, como si algo desde adentro le apretara el estómago con violencia. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Apretó los labios. Después de unos segundos aspiró el aire con fuerza.
Noah