La Reina Rubí se miró al espejo y acomodó el cabello.
La noche cayó con una serenidad extraña sobre los muros del palacio. Todo permanecía en silencio, salvo por el murmullo de las antorchas que crepitaban frente a los ventanales. En la habitación real, la Reina dispuso una cena sencilla, iluminada por una decena de velas altas que proyectaban sombras suaves sobre las paredes doradas.
Ella aguardó a su esposo con una calma aparente. Su vestido, de un tono carmesí profundo, dejaba entrever la s