Los sirvientes del Rey irrumpieron en la habitación con el estrépito de las botas contra el mármol.
―Mi compañera no está en condiciones… ―protestó Noah, y se interpuso entre ellos y la cama.
―Eso no es algo relevante. Si su majestad requiere su presencia, deben ir ―replicó el sirviente albino, y su aclaración sonó más a reclamo que a obediencia.
Los ojos del Alfa del Este se llenaron primero de furia, luego de impotencia, y al final, de una resignación que le pesó en los hombros. Su mandíbula