Un silbido afilado cortó el aire como una cuchillada. El aire olía a óxido y rabia contenida. La docena de guerreros se partió en dos con una disciplina letal; una mitad se abalanzó sobre el rastro de Cassian y la preciada carga que protegía, mientras la otra mitad cerró un cerco implacable alrededor de Noah, un muro viviente de acero y músculo que ahogó toda esperanza.
—¿Tuyo? —rugió Noah, con una rabia que le nubló la vista y le envenenó la sangre—. ¡Aquí no hay nada que te pertenezca!
La