La puerta de ébano del aposento real se abrió sin previo aviso. Los sabios, con sus túnicas bordadas con runas plateadas, avanzaron con una urgencia que hizo fruncir el ceño al Rey.
—¿Qué es tan urgente para no aguardar el amanecer? —preguntó el monarca; su voz gélida cortó el silencio de la cámara.
El sabio de mayor edad adelantó un paso. Una luz triunfal brilló en sus ojos ancianos.
—Las cosas se desarrollaron según lo previsto, Su Majestad. Esta vez, el cachorro de la profecía se gesta en el