El aire en el coliseo olía a sangre seca y polvo de muerte. Las gradas, un mosaico de rostros sedientos de violencia, rugían con una sola palabra que se repetía como un mantra siniestro:
—¡Cabeza! ¡Cabeza! ¡Cabeza!
Bajo ese clamor unánime, Noah se alzó en el centro de la arena, un lobo acorralado cuya sombra parecía encogerse bajo el peso de tantos ojos hambrientos. Su respiración ya no respondía al miedo, sino al odio. Sabía, con una certeza que le heló los huesos, que aquel sería su último am