Cuando el clímax los alcanzó, fue con la fuerza de un derrumbe. Noah la sostuvo con fuerza, un último gruñido gutural que resonó en su pecho. Leah colapsó bajo él, temblorosa, sudorosa, marcada.
Jadearon en la penumbra, sus cuerpos unidos. Noah descendió sobre ella, apoyó la frente en su nuca y susurró con una voz grave:
—Nadie te hará más daño. Ni siquiera yo.
Leah volvió a repetir su nombre, ya sin urgencia, ahora con ternura.
(…)
Al día siguiente, Cassian se atrevió a decir que tard