009 Huesos y piel.
—No te voy a dejar encerrada en la habitación. No te dejaré a solas con las demás lobas. Te voy a tener atada a mí. No volverás a hacer nada sola —sentenció el alfa Noah, su voz tan firme como una cadena gruesa alrededor de su cuello.
Leah apretó los labios con furia. El sol apenas había salido y ya tenía un castigo encima.
—¡Suéltame, alfa Noah!
Forcejeó con toda la fuerza que le quedaba, pero él no cedió ni un centímetro. Sus dedos eran grilletes vivos.
De repente, la mano del alfa pasó de s