Un cosquilleo recorrió la palma de sus manos, como si acabara de acariciar esa piel tersa.
Recordó el rostro de ella, sonrojado, la timidez reflejada en su voz baja y suave. Nunca iba a olvidar algo así. Ella era hermosa en todos los sentidos.
En el momento de mayor intensidad, se separó de él y, con un simple: “Tengo que irme”, salió del cuarto y lo dejó ahí, aturdido, con el corazón desenfrenado y el cuerpo en llamas.
Su ser se dividía. Su parte racional agradecía la facilidad con la que ella