Marina descendió del crucero y subió al auto.
Diego, que la esperaba adentro, le colocó cuidadoso un abrigo sobre los hombros.
Al tomar su mano, notó que estaba fría.
Ajustó el aire acondicionado, sin dejar de hacer pequeños gestos, como si quisiera protegerla del frío que parecía envolverla.
Marina sonrió con agrado, una sonrisa que iluminó su rostro, pero Diego no mostró ninguna expresión de alivio.
Su rostro permanecía serio, y sus ojos reflejaban una profunda inquietud.—¿Qué pasa? —Marina lo