Mientras la tormenta de rabia explotaba en la mansión de Nueva York, en el apartamento de South Beach todo era silencio. Verónica estaba de pie en la habitación, mirando por la ventana hacia las luces de Miami. Se había dado un baño largo con agua caliente, algo que para ella era un lujo que no tenía desde hacía cuatro años. Llevaba puesta una pijama sencilla que encontró en el clóset, y aunque su cuerpo estaba limpio, su mente seguía atrapada en un solo pensamiento: su hijo.
Verónica miraba