Capitulo 15: Gracias

Mientras la tormenta de rabia explotaba en la mansión de Nueva York, en el apartamento de South Beach todo era silencio. Verónica estaba de pie en la habitación, mirando por la ventana hacia las luces de Miami. Se había dado un baño largo con agua caliente, algo que para ella era un lujo que no tenía desde hacía cuatro años. Llevaba puesta una pijama sencilla que encontró en el clóset, y aunque su cuerpo estaba limpio, su mente seguía atrapada en un solo pensamiento: su hijo.

Verónica miraba al cielo y se preguntaba que estaría haciendo su bebé. Bueno, ya no era un bebé, debía ser un niño pequeño de cuatro años. Deseaba con todo su corazón saber cómo era. ¿A quién se parecería? ¿Tendría sus mismos ojos color miel? No saber nada de él era el dolor más grande que cargaba en el pecho.

Minutos después, el sonido de la puerta principal la sacó de sus pensamientos. Verónica caminó hacia la sala y vio aparecer a Mauricio. El atractivo abogado ya no llevaba el saco del traje, traía las mangas de la camisa subidas y en sus manos cargaba un par de bolsas de papel que olían delicioso.

Mauricio había ido a buscar la cena. Pensó que después de cuatro años comiendo la horrible comida de la prisión, Verónica no querría platos elegantes ni restaurantes lujosos. Prefería llevarle algo rápido, ligero y delicioso.

—Traje hamburguesas con papas fritas y malteadas —dijo Mauricio con una sonrisa cálida mientras dejaba las bolsas sobre la barra de la cocina—. Pensé que te gustaría algo diferente.

Verónica se detuvo y miró la comida. De inmediato, una sonrisa sincera y hermosa apareció en su rostro, borrando por completo la amargura de sus ojos. Ver esa comida rápida la emocionó muchísimo. Tenía cuatro años sin probar una hamburguesa, sin sentir el olor de las papas fritas recién hechas.

—Esto es lo mejor que me ha pasado en años, Mauricio —dijo Verónica, acercándose a la barra sin poder ocultar su alegría.

Mauricio se conmovió al ver su reacción. Le pareció increíble que una mujer que antes lo había tenido todo se emocionara tanto con un detalle tan simple. Sacó la comida de las bolsas y se sentaron juntos en los bancos de la barra a comer.

Durante los primeros minutos casi no hablaron. Verónica disfrutó cada mordisco de su hamburguesa, sintiendo que de verdad estaba regresando al mundo real. Mauricio la miraba comer en silencio, disfrutando de su compañía y sintiendo que esa confianza entre los dos crecía cada vez más. Ya no era el abogado y la cliente; eran dos aliados empezando a conocerse.

A mitad de la cena, Verónica dejó su hamburguesa a un lado. La emoción de la comida bajó un poco y la mirada seria regresó a sus ojos color miel. Miró a Mauricio de frente.

—Mauricio... necesito pedirte un favor muy grande —dijo ella en voz baja, con un tono lleno de súplica.

—Dime, Verónica. Lo que necesites —respondió él de inmediato, dejando también su comida y prestando toda su atención.

—Sé que me dijiste que debemos ir despacio y planear todo para Nueva York, y lo entiendo. Pero no puedo seguir a ciegas —confesó Verónica, y sus ojos se aguaron un poco—. Necesito que me consigas una foto de mi hijo. Sé que Rodrigo es un hombre importante y que seguro sale en la prensa. Consígueme lo que sea, aunque sea el recorte de una revista de sociedad. Solo quiero saber su nombre... quiero ver su carita. Necesito saber, saber como es.

A Mauricio se le encogió el corazón al escucharla. El dolor de esa madre le llegó hasta lo más profundo. Supo en ese instante que no podía negarle eso. Ella había pasado cuatro años en la oscuridad, y ver a su hijo era el combustible que necesitaba para seguir adelante.

Mauricio extendió su mano sobre la barra y esta vez Verónica no se alejó. Dejó que él tocara sus dedos con suavidad, aceptando ese apoyo que poco a poco le daba más seguridad.

—Te lo prometo, Verónica —dijo Mauricio mirándola fijamente a los ojos, con sus ojos verdes llenos de determinación—. Mañana mismo te voy a traer todas las publicaciones de la familia De la O en Nueva York. Conseguiré esa foto y sabrás todo sobre él. Sabrás como es, sabrás su nombre, te lo prometo.

Verónica asintió despacio y le regaló otra pequeña sonrisa, esta vez llena de gratitud. La desconfianza del principio se estaba derritiendo gracias a la caballerosidad y los detalles de Mauricio. Ella sabía que el camino hacia la venganza sería largo, pero al menos esa noche, con una hamburguesa en la mesa y la promesa de ver a su hijo, Verónica durmió sabiendo que ya no estaba sola en el infierno.

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