Diego se acercó a la cuna, tomó al bebé en sus brazos con una delicadeza infinita, como si temiera romperlo, y le plantó un tierno beso en la frente. Tengo que admitir con total honestidad que me sorprendió muchísimo su actitud; no esperaba ver esa faceta tan paternal en él.
-Es hermoso, Juliana... es perfecto -dijo con la voz quebrada, henchido de un orgullo evidente.
-Sí... es el más bello del mundo -respondí, sintiendo que la hostilidad se me ablandaba un poco al verlo con nuestro hijo.