Diego conducía a toda velocidad, con las manos apretadas contra el volante y la rabia hirviéndole en la sangre. Sentía asco de sí mismo, pero más asco sentía de la trampa en la que se había metido. Estacionó el auto de un golpe frente a la casa de su padre y entró azotando la puerta principal.
-¡Papá! -llamó enérgicamente, con la voz cargada de veneno.
Arturo de la Roquet salió del despacho, sosteniendo un vaso de cristal. Al ver a su hijo, sonrió con esa autosuficiencia que siempre lo caracter