El estruendo del disparo me dejó un zumbido ensordecedor en los oídos. El olor a pólvora quemada inundó el estrecho pasillo en un segundo que se sintió eterno, congelado en el tiempo. Cerré los ojos con fuerza, esperando sentir el impacto, el dolor frío de la bala penetrando mi cuerpo... pero no llegó.
Cuando abrí los ojos, el corazón se me detuvo.
Diego estaba en el suelo, de rodillas, sosteniéndose el hombro izquierdo con una mueca de dolor puro, mientras la sangre comenzaba a teñir rápidam