Pasaban los días y la realidad de mi vida al lado de Diego no se parecía en lo absoluto a la que yo tanto había soñado. Él seguía igual de distante, frío como un témpano de hielo; no me había vuelto a tocar, ni un solo beso, nada. Eso sí, para lo único que me buscaba y me hablaba amablemente era para pedirme, casi como un favor personal, que le aumentara la mensualidad a su familia.
Al principio me negué rotundamente. No quería hacerlo porque sentía que era desobedecer las órdenes tan claras