Oficialmente, la guerra había comenzado. Carlota y Marcos Jr. no estaban dispuestos a aceptar que una completa desconocida como yo fuera la heredera universal de su padre, así que iban a hacer hasta lo imposible por sacarme de esa mansión, como si yo fuera un mueble viejo, roto y estorboso.
Un día, mientras me miraba fijamente en el espejo de mi tocador, contemplando las ojeras que la tensión me estaba provocando, decidí hablarme con la verdad: «A ver, Juliana, ya estás metida en esto hasta el