C99: Dile que me deje en paz.

Alaska apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Cerró los ojos por un instante, intentando controlar el temblor que le recorría las manos, pero fue inútil: la rabia hervía en su interior como un volcán a punto de estallar.

Cuando volvió a abrirlos, su mirada estaba encendida, clavada en Ámbar con un brillo de odio y despecho. Su mandíbula se tensó al punto de marcarle los músculos del rostro, y le habló entre dientes, con una voz llena de resentimiento.

—Eso es e
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