Ámbar había despertado varias horas después de lo que le había ocurrido, en la habitación del hospital envuelta en una sensación de confusión. Cuando su mirada logró enfocar el entorno, vio a Raymond sentado junto a la cama.
En cuanto él notó que ella abría los ojos, se incorporó y le tomó la mano.
—Gracias a Dios despertaste —susurró.
Ámbar lo miró sin entender del todo lo que ocurría.
—¿Qué… qué me pasó? —preguntó.
Raymond dudó si debía contarle la verdad, pero había aprendido a leer a Ámbar: