Alaska, desconcertada, abrió los ojos con sorpresa. No esperaba eso, no después de tanto tiempo en que los besos entre ellos se habían vuelto un recuerdo lejano, casi inexistente.
Durante semanas, él había mantenido una distancia gélida, tan marcada que parecía haber un muro entre ambos. Dormían juntos, pero no había en esa convivencia nada que pudiera llamarse intimidad. Vidal se comportaba con una indiferencia absoluta.
Cada noche llegaba a la casa sin demasiada prisa, a veces muy tarde, con