C94: Yo me encargo de este hombre.
Vidal conducía con el corazón desbocado y los nudillos blancos de tanto apretar el volante. La ciudad pasaba ante sus ojos como un borrón de luces y sombras, los semáforos en rojo parecían simples obstáculos que se negaba a reconocer. No le importaban las bocinas, ni las maldiciones que dejaba atrás; solo tenía una idea fija martillándole en la mente: Ámbar.
Cada latido parecía empujarlo más lejos del control, más cerca del borde del pánico. Cuando por fin llegó frente a la mansión de Raymond,