Tras aquella conversación, Margot le indicó a Vidal la suma exacta que necesitaba. No era una cifra modesta; por el contrario, se trataba de una cantidad considerable. Vidal aceptó enviársela, aunque dejó en claro que sería solo por esa ocasión, pues no estaba en condiciones —ni tenía intención— de enviarle ese monto de manera constante.
Aun así, realizó la transferencia y, con ello, Margot quedó satisfecha. Aquel dinero no era un simple capricho ni una reserva preventiva: Margot ya había puesto en marcha su plan. Los fondos estaban destinados a contratar a terceros, personas dispuestas a ensuciarse las manos por ella.
Margot no podía permitirse involucrarse de forma directa, no en ese contexto. Siempre había sido capaz de ejecutar sus propios planes cuando las circunstancias se lo permitían, pero esta vez se trataba de algo más extremo, algo que exigía distancia y anonimato. Para eso necesitaba intermediarios.
Pasaron algunas semanas. La vida de Raymond y Ámbar parecía haber recupera