Raymond sentía cómo su corazón se aceleraba al ritmo de la carretera mientras buscaba desesperadamente una manera de controlar el coche que se había vuelto un peligro en sus manos. Cada vez que apretaba el freno no respondía; era como si los pedales estuvieran desconectados de cualquier ley física.
Su instinto de padre y esposo lo mantenía concentrado, pero el miedo se le clavaba en la garganta. Respiraba profundamente, tratando de no dejar que el pánico se apoderara de él, mientras su mente calculaba cada movimiento que pudiera reducir la velocidad sin perder completamente el control del auto.
A lo lejos, se escuchaban sirenas. La policía había visto cómo Raymond atropelló barricadas y conos de tránsito al intentar esquivar el caos que él mismo había provocado al no poder frenar. Los agentes lo seguían, sin saber aún qué estaba ocurriendo, pensando que se trataba de un conductor imprudente, un auto fuera de control, pero desconocían la verdad.
Raymond apretaba el volante con fuerza,