En ese instante, una voz femenina se oyó desde el piso superior, clara y curiosa, mientras descendía por la escalera.
—¿Quién vino, mi amor? —preguntó.
Margot giró la cabeza al escucharla. Entonces la vio. Era Alaska.
La sorpresa se reflejó en su expresión al observarla con detenimiento. La mujer continuaba vistiendo y arreglándose de un modo similar a Ámbar; ya no la imitaba de forma tan evidente como antes, pero aún conservaba ese estilo que las volvía inquietantemente parecidas. En conjunto,