En ese instante, una voz femenina se oyó desde el piso superior, clara y curiosa, mientras descendía por la escalera.
—¿Quién vino, mi amor? —preguntó.
Margot giró la cabeza al escucharla. Entonces la vio. Era Alaska.
La sorpresa se reflejó en su expresión al observarla con detenimiento. La mujer continuaba vistiendo y arreglándose de un modo similar a Ámbar; ya no la imitaba de forma tan evidente como antes, pero aún conservaba ese estilo que las volvía inquietantemente parecidas. En conjunto, el parecido resultaba innegable.
Margot alzó ligeramente las cejas, evaluándola sin disimulo.
—Vaya… esta es la primera vez que estamos frente a frente —comentó—. Eres la hermana gemela de Ámbar. Son realmente muy similares.
Alaska, sin rodeos ni cortesías innecesarias, sostuvo su mirada.
—¿Quién es usted? —preguntó con firmeza.
—Soy la madrastra de Raymond —respondió Margot con naturalidad.
Alaska desvió entonces la vista hacia Vidal, que se encontraba detrás de Margot. Él no dijo nada ni most