C228: Eres tan dueña de este lugar como yo.
Raymond volvió a perder la paciencia y lo tomó del brazo.
—Entonces lo haré yo mismo, con mis propias manos.
Ámbar reaccionó, alarmada por la tensión que estaba a punto de desbordarse.
—Vidal, por favor, ya márchate —le pidió—. Me prometiste que te irías en cuanto conocieras al bebé, y ya lo hiciste. Cumple tu promesa.
Vidal hizo un movimiento rápido y se zafó del agarre de Raymond. Enderezó la ropa y asintió, resignado, aunque en su mirada todavía persistía la actitud desafiante.
—Está bien —articuló—. Como prometí, ahora me voy.
Antes de alejarse del todo, añadió con un tono aparentemente cordial.
—Espero que Alistair disfrute de sus regalos.
Fueron las últimas palabras que pronunció antes de cruzar la calle, subir a su coche y marcharse. Ámbar se quedó observándolo desaparecer, con el bebé en su pecho y sosteniendo las bolsas aún en las manos, hasta que Raymond se las quitó.
—Entremos —indicó.
Una vez dentro de la casa, Raymond no dudó. Arrojó todas las bolsas directamente a la ba