Vidal respondió con una sonrisa tranquila.
—Por supuesto que sí —aseguró—. Te lo prometo.
Con extremo cuidado, Ámbar le entregó al niño. Vidal lo recibió con la misma delicadeza, acomodándolo con atención entre sus brazos, sosteniéndole la cabeza con firmeza suave. En ese instante, Ámbar tomó las bolsas que él había llevado, todas repletas de regalos, mientras observaba con atención cada movimiento, alerta ante cualquier señal de peligro.
Vidal bajó la mirada hacia el bebé y su expresión cambió