Vidal respondió con una sonrisa tranquila.
—Por supuesto que sí —aseguró—. Te lo prometo.
Con extremo cuidado, Ámbar le entregó al niño. Vidal lo recibió con la misma delicadeza, acomodándolo con atención entre sus brazos, sosteniéndole la cabeza con firmeza suave. En ese instante, Ámbar tomó las bolsas que él había llevado, todas repletas de regalos, mientras observaba con atención cada movimiento, alerta ante cualquier señal de peligro.
Vidal bajó la mirada hacia el bebé y su expresión cambió por completo, dando paso a una ternura evidente. Sonrió con calidez y sus ojos parecieron iluminarse, como si algo profundo se hubiera despertado en él.
—Es un bebé hermoso —murmuró—. Se nota que es fuerte… y está sano, a pesar de haber nacido antes de tiempo. ¿Cómo se llama?
—Se llama Alistair —respondió Ámbar—. Así lo decidió su padre.
Por un instante, el semblante de Vidal se tensó en una mueca fugaz de fastidio, que desapareció casi al instante. Luego volvió a sonreírle al bebé, como si nad