C195: Los dos están totalmente desquiciados.
Alaska permaneció quieta junto a la mesita de noche, con el teléfono presionado contra su oído y el corazón golpeándole con una fuerza incómoda en el pecho. No pronunció una sola palabra, pero su respiración se volvió lenta, como si temiera que el más mínimo sonido delatara su presencia femenina.
La voz que acababa de escuchar no pertenecía a ningún hombre, y aquella certeza le provocó una sacudida interna. De inmediato, su mente se precipitó hacia una única persona: Layla. La misma mujer a la que Vidal había llevado a un hotel, la misma que había despertado en ella cierta inquietud desde hacía tiempo.
Siguió callada. El silencio, del otro lado de la línea, se extendió unos segundos incómodos, hasta que la mujer volvió a hablar, con un dejo de impaciencia y necesidad mal disimulada.
—¿Vidal? —insistió—. ¿Me estás escuchando? ¿Estás ahí? ¿O ese silencio significa que no piensas ayudarme? Ya debes saber la razón por la que te estoy llamando.
Alaska apretó los dedos alrededor del teléfon