Raymond salió de la biblioteca con una determinación feroz. Cada paso que daba resonaba con violencia; no caminaba, sino que avanzaba como un torrente desbordado. Su rostro, por lo general imperturbable, inexpresivo, casi marmóreo, estaba transformado por una dureza que cualquier persona que lo conociera mínimamente habría reconocido de inmediato como enojo puro. Era, sin exagerar, la primera vez que muchos lo veían así.
Atravesó los pasillos sin reparar en quienes lo observaban, sin detenerse en los saludos, sin prestar atención a nada. Caminó directo hacia el campo deportivo, donde sabía que encontraría a Vidal.
Él estaba allí, conversando con dos jugadores del equipo. Reía por algo que uno de ellos había dicho, sin imaginar quién se acercaba a grandes zancadas hacia él. Pero cuando vio a Raymond aproximarse con esa actitud casi despiadada, dejó de hablar por completo. Simplemente se quedó quieto, mirándolo, sin comprender aún la magnitud de lo que Raymond había descubierto.
Raymond