Raymond salió de la biblioteca con una determinación feroz. Cada paso que daba resonaba con violencia; no caminaba, sino que avanzaba como un torrente desbordado. Su rostro, por lo general imperturbable, inexpresivo, casi marmóreo, estaba transformado por una dureza que cualquier persona que lo conociera mínimamente habría reconocido de inmediato como enojo puro. Era, sin exagerar, la primera vez que muchos lo veían así.
Atravesó los pasillos sin reparar en quienes lo observaban, sin detenerse