Unos ojitos rojos.
—¡Carmelina, hija!
El llamado de mi madre me devolvió un poco la cordura. Aun así, vi cómo mi ansiado beso se me escapaba, como una estrella fugaz a la que no se alcanza a pedirle un deseo.
Pero yo no era tonta ni lenta. Siempre había actuado con rapidez cuando algo me obsesionaba hasta la locura. Antes de que su rostro se alejara más y de que volviera a escuchar el llamado perdido de mi madre, di un pequeño salto, agitado y pegué mis labios humedecidos a los suyos.
Después, solo me escabullí c