El roce.

—Padrecito...—Lo dije con aire contenido, la emoción por igual la disimulaba un poquito.

Una vez me puse de pie, tuve muchas ganas de correr hasta donde estaba él; brincarle arriba, darle besos a esos labios tan hermosos y decile lo mucho que ya lo amaba.

Creo que hasta lo hubiera hecho de no ser por el ruido loco de unos tacos acercándose a nosotros.

Doña Filomena pronto aparecio detrás de la figura del padrecito, miró directamente hacia mi, como si hubiera encontrado algo que andaba buscando
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