Me tocó esperar, aunque el calor me consumía por dentro. Quería empezar a jugar.
El padrecito se apartó despacio, como si supiera exactamente lo que provocaba al hacerlo. Yo me quedé allí, inmóvil, con la mirada clavada en su espalda musculosa, mirando el enorme tatuaje. Por un instante, juraría que el lobo tatuado en su piel me devolvió una mirada viva... juraría que hasta había notado un brillo rojo en sus ojos.
El lobo me veía o eso parecía. Me persigne al sentir un fuerte escalofrío recorr