Alistándome para verte.
Todavía tenía muy presente ese momento: cuando aquel hombre desagradable detuvo su coche, obligando a la señora Sabrina y a Lulú a subir con él.
Y Pierre…
Pobre Pierre.
Aún me dolía recordarlo, tan triste, tan pálido, como si el miedo le hubiera vaciado el alma. Juraría que estaba a punto de hacerse encima, del susto. No solo una cosa… sino las dos. No me sorprendería que se hubiera cagado en los pantalones de camino a su casa.
—¡Hay! no, no...no— dije en voz alta. Horrorizada por pensar en mie