Después de que la corderita regordeta llamada Carmelina me besara de forma fugaz, no fui capaz de volver a interactuar con nadie. La sacudida fue tal, que actue con una torpeza impropia en mi proceder cauteloso: di la espalda a la joven ofrecida y a la madre que apareció de repente, a sus miradas curiosas, incluso a la velada insoportable con un olor nauseabundo que estaba enloqueciendo a mi lobo. Abandone de forma escurridiza una vez mis huesos comenzaron a estallar anunciado lo inevitable. Es