ELAINE
Me quedé en el umbral mientras el sol del final de la mañana proyectaba largas sombras sobre el porche de Duncan. Acababa de invitarlo a acompañarnos al parque. Había jugado un poco con los niños antes de sugerir la salida.
Pero cuando le extendí la invitación, sus ojos se oscurecieron y apretó la mandíbula con tanta fuerza que pude escuchar cómo rechinaban sus dientes. Se inclinó hacia adelante con los dedos curvados en puños a sus costados, y con aquel susurro bajo y mortal me amenazó.