Reflejos en la oscuridad
El aire estaba tan frío esa noche que cada aliento se convertía en humo helado antes de desaparecer, dejándonos expuestos, vulnerables, como si el mismo invierno se aferrara a nuestros huesos para recordarnos que estábamos vivos. La casa de mi abuela, con su techo que crujía al mínimo cambio de temperatura y sus ventanas que lloraban gotas de humedad, siempre había sido un lugar de ecos. Ecos de risas apagadas, de pasos que nunca logré rastrear, de secretos susurrados