La casa se sentía diferente al volver.
Cada rincón parecía susurrar recuerdos, algunos dulces, otros punzantes, pero todos genuinos, inconfundibles. El polvo todavía cubría algunos muebles, como una capa fina de tiempo detenido, y las cortinas ondeaban suavemente con la brisa, dejando entrar la luz del atardecer que pintaba las paredes con tonos naranjas y dorados, creando un cuadro vivo que llenaba el espacio de calidez.
León se detuvo en la entrada, mirando todo en silencio, con la mochila