Regresar al pueblo se sintió irreal.
El camino estaba cubierto de hojas caídas que crujían bajo nuestros pies con cada paso, y el aire olía a tierra húmeda, fresco y limpio, como si la tormenta de la noche anterior hubiera lavado no solo el paisaje, sino también parte del peso que arrastrábamos en el alma. Los árboles formaban túneles de luz y sombra que se entrelazaban sobre nuestras cabezas, dejando que rayos de sol tímidos se colaran entre las ramas, pintando pequeños cuadros de luz en el su