El cielo estaba despejado cuando salimos nuevamente al jardín esa tarde. El sol, ya bajo pero todavía cálido, acariciaba suavemente la piel, mientras una brisa ligera movía las hojas de los árboles y mecía el aire con un susurro tranquilo. Llevábamos las manos llenas de semillas de girasol y un pequeño saco de tierra húmeda que olía a esperanza, a comienzo, a vida nueva.
León había insistido en hacerlo juntos. No quería que plantara solo; quería que cada girasol llevara un pedazo de nosotros, u