El amanecer llegó despacio, como una caricia suave que se colaba entre las cortinas de la habitación. La luz dorada pintaba el borde de la cama, iluminaba los cabellos despeinados de León y reflejaba cada línea de su rostro relajado, tan distinto al que había conocido durante tanto tiempo. Me quedé quieto, observándolo mientras su pecho subía y bajaba con calma, una respiración pausada que parecía marcar el ritmo de un nuevo comienzo.
Abrí los ojos primero y, por un instante, solo me dediqué a