El nombre que no se debe pronunciar
León
El amanecer llegó demasiado rápido.
El cansancio me calaba los huesos, pero el peligro que acechaba no nos daba el lujo de dormir sin miedo. Me levanté antes de que Ethan y Ana despertaran, caminando por la casa con pasos silenciosos, observando cada grieta de las paredes, cada crujido del piso, cada mancha de humedad que trepaba como un cáncer silencioso.
“Algo despertó.”
Lo había sentido en el sótano cuando Anabel se desvaneció: un cambio en la atmósfe