El llamado del reflejo
La noche había caído de nuevo, más profunda, más fría. Las sombras parecían arrastrarse por las paredes con vida propia, y el pulso azul del espejo vibraba bajo la tenue luz de las velas negras que Cassandra había dispuesto en un círculo irregular en torno a él.
El aire estaba espeso, cargado de un olor a cera quemada, sangre seca y un toque de ozono que hacía cosquillas en la nariz. Cada vela titilaba, proyectando formas que danzaban sobre el suelo agrietado, mientras