Después del reflejo
El amanecer se filtraba por las grietas de las cortinas, tiñendo de un gris pálido las paredes desgarradas por la batalla. El olor a cera quemada y metal oxidado aún impregnaba el aire, y cada respiración se sentía como inhalar un recuerdo de lo que acababa de ocurrir.
El espejo estaba agrietado, pero seguía entero. Un pulso leve recorría sus venas de luz azul, como un corazón que se negaba a dejar de latir.
—¿Está… realmente cerrado? —preguntó León, con voz cansada.
Est