El invierno cedía su lugar a una primavera tímida, y con ella, la ecografía de las veinte semanas de Charlotte. Adriano la acompañó a la cita, una rutina que habían establecido en silencio y que ambos cumplían con una mezcla de nerviosismo y esperanza. La relación entre ellos era ahora un terreno fértil pero delicado, donde cada palabra y cada gesto eran semillas que podían germinar en confianza o en recelo.
La sala de ecografías estaba en silencio, solo roto por el suave zumbido de la máquina.